Nieve que congela la mirada que abunda en historias sin decir, guardadas y desiertas de azabaches y molinos de viento... nunca una forma de observarla que la dejara quieta y satisfecha en su necesidad.
Ella sufría y el patetismo la alentaba en su carrera contra la infelicidad a la que no abandonaba, Tristeza era su nombre; hacía años no recordaba el original.
Sin identidad y absurdamente cohibida salió un día hacia la playa con el objetivo de imitar a La Storni, su poeta preferida, conseguirlo no fue posible. No le dieron los ovarios para llenarse de mar.
En ese atardecer tuvo la idea, una odisea en la vida de su amante que la dejara dañada y sola, pero sin estreñimiento ni suspicacias.
Así fue como lo explicó al hallarlo muerto la policía, bajo el olor pestilente de su putrefacción.
De tanta insatisfacción que ella llevaba en vida, le aplicó igual castigo y lo encerró... muerto de sed, de hambre, de dolores, de soledad, de indignas promesas que sabía mentirosas y no se inmutó a oír ni atender... días y días de fresca mortificación que amenizaban su venganza y recomponían momentos de dolor.
Plena, ahora si, se entregaba calma.
Completa.
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