Juraba en la cima de su inclemencia los dedos de otra fe que no era ciencia.
Reía y aseveraba, disciplinaba las gotas reverdecidas de su mirada.
Ahogaba la pena vieja, recalcitrada... subía la explanada de los tormentos y callaba, quizás habiendo aprehendido al viento; rompiendo el hechizo hecho por la madrastra.
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