Un deja vú.
Un antemano sabido.
Un drama vivido, vívido desde el pasado que retorna y uno en el otro lado de la ciudad que no puede llegar. Igual que en el 2008, pero no es mi casa. Pero si MI gente. MI ciudad adoptada. MIS calles y veredas caminadas.
La gente que silenciosa comparte, en la oscuridad sin focos de película de cine catástrofe, aferrada de manos y credos. Boquiabierta y cansada. Rezando a un dios meteorológico que implora toda la mitología, todo el ritual anti sequía, todo el dolor de la muerte contenida en un casual paseo por el paisaje urbano.
Algunos cuentan autos. Otros búsquedas desesperadas.
Las paredes manchadas, hinchadas las puertas, una cárcel hidráulica que hidrata la imagen de lo que funciona en hábito como un sostén diario sobre el que transitamos.
Los objetos flotan, mojados. A veces, la casualidad hace que aparezca una pintura que quedó en naturaleza muerta como los documentos que intactos, secos, denunciantes del desorden esperaban en la mesa de mi cocina que había sido arrasada por el metro setenta de agua, e indiferentes o avergonzados- no lo sé- se pronunciaban ante la batalla aún no perdida.
Para algunos, el después con la fobia a las lluvias, los alertas de vida, el soporte seguro boicoteado. Natura que brama y llora desconsolada sobre la urbe que inocente se pregunta qué hizo para merecer esto... y la planificación prometida "olvidada"... confluencias diversas que tocan a la puerta- que nunca se abre sin saber quién llama- e invade la calma y nos convierte en especialistas aventureros de la sobrevivencia, guerreros del agua.
La postal es turbia. Olorosa. Porfiada.
La desesperación se agolpa esperando en la noche, se apiade en las sombras la tormenta maldita. Es raro, es el agua, tan presente, pura y necesaria. Y es enemiga, más que el fuego, en resistencia es costoso resolver quién gana.
En un lado de la ciudad sin embargo arde, entre el llanto del cielo, como en una queja consecuente, la destilería también brama. Cual dragón de cuento encantado, ha explotado y querella con su lengua de fuego.
Perplejos. Unidos, distantes y cercanos, se toma la mano el pueblo en una ronda solidaria.
Y somos todos LA VIDA QUE SE COBRA EL AGUA, LA CASA INUNDADA, LAS COSAS MOJADAS DE NUESTRA HISTORIA, LA IDENTIDAD ATACADA.
En unas horas bajará y veremos, y de los restos, renacerá el fénix.
Seguro, en compañía del amigo, la familia, el vecino, la angustia hecha fuerza. Y vendrá la pregunta, el redoble desamparado de las respuestas que gritan las voces, los medios, los foros, las esquinas dolientes y los duelos privados...
Por quién doblan las campanas?