Empenumbrado y asesinado a sangre fría, su orgullo destinó la vid de los recuerdos a cosecharse al enterrarse y enfriarse sus sueños.
Sabía de las cosas que dañan, suponía de la gloria perdida con el dolor de un cuchillo en su entraña.
Se salaba la boca pastosa y el agua no llegaba a sanear la sed de venganza.
Su látigo horroroso vendía la pena de muerte que lloraban las mujeres del pueblo que lo habían amado.
Asignado el conteo, el final embadurnado de anhelos... se quebraba el ala sana y tullido caminaba, entre lo que sentídamente sería su despecho avalado por ley propia y que la condena social precipitaba.
Antes de morir dijo: "Ya no debo nada".
El pueblo sereno, corrió urgente a salvarlo cuando tarde se dio cuenta que la amenaza del loco, era materia cumplida y nadie escuchó su queja, ni su catarro emotivo ni su proclama...
Solo, solo y vivo, apariencia fija de ser vivo y luego, su estaca.
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