Cualquiera sabe que las historias bien contadas llevan condimento como una sabrosa comida, el artesano de cuentos no deja de acudir a lo que picante, gustoso, saleroso, elocuente permita la sobremesa risueña... la sonrisa robada y provocada a descuido, la gentileza del verso florido y la viveza del trato macanudo.
El cuentista, relator, orador de hazañas y desgracias, ofertas de viaje o nimiedades posee una calidez excesiva y un don de amigo, casi siempre... se lo reconoce entre el vino y el pucho, con la pizza y fainá... con la sin prisa del noctámbulo que desarrolla en su voz las gracias candentes de seducción bien lograda. Mientras cautiva al público advierte el placer casi inesquivo de su gloria y la gente lo espera, lo anhela en secreto... lo añora en cada reunión para el alegre entretener.
Esta clase de salvadores son superhéroes ocultos que convierten la realidad en veranos calientes con tragos y playas en cualquier estación del año... son maravillosos ocurrentes, que deambulan entre la muchedumbre como ángeles que estrujan el alma y la inundan de cuidadosos mimos hechos historia, carne y fuego. Memoria.
Son los Reyes de la Anécdota, el contenido ya no importa...
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