jueves, 15 de septiembre de 2011

Alguien dijo que el amor es una plantita que hay que cuidar...


HISTORIA DE UN DESENAMORAMIENTO
No podría decir de qué modo se me ocurrió esta idea, instalada y precaria.
Preciada de suertes, ocurrente de imprevistos.
Pensé que vos eras un creyente de mi religión amorosa. Pensé que yo disentía y cambiaba el credo. Y vos me insistías, y mientras tomábamos un helado en San Marcos; me elegías como tu mujer.
Nada de esto fue literalmente real, tus Te amo eran tan débiles como mi convicción deteriorada de esperarte.
Cuando vino el amanecer te vi desnudo de prejuicios, me vi agotada de pedirte. Supe que era el principio del fin, y dejé de atajar nuestros vuelos. El impacto fue tierno, sin sangrado, tuve un legrado de las cosas que juntos habíamos generado.
Comencé a perderme de vos. Y me fui hacia un lugar neutral a llorar los últimos enceres amorosos, calmadamente ignorante del futuro. No quise forzar más.
Te vi eligiendo no cambiar y dejarnos ir. Me vi sin protección y con escollos de envergadura cruel. Habíamos resignado el proyecto. Comencé a irme de alma, y el deseo cambió y nuestro mundo se esfumó aquella noche en la pizzería, cuando comprendí que me querías medido y miedoso y envidiabas mi decisión.
Y la velada fue infeliz, sin razones y me encontré lagrimeando la ingenua cadena de sueños que había forjado.
Sola, con tus complementos incapaces y bondadosos donde no había jugada posible. Y esto era sólo un recreo.
Allí me perdiste. Lo demás fue más de lo mismo, y una canción desesperada llena de demandas de último momento, como quien espera el tren y corre porque se está yendo y nunca alcanza a subir...
La estación me dejó cruda de andenes y rica en realidades.
Y me desenamoré.

1 comentario:

  1. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
    Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

    De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
    Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

    Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
    Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

    Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
    Mi alma no se contenta con haberla perdido.

    Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
    y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

    Neruda (Poema 20)

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