Calibrando el silencio entre la música y el ruido, te pedí una copa de ron, me la alcanzaste con un poco de hielo tratando de disipar las molestias del ambiente malhumorado existente entre nosotros.
No era cuestión de arreglar las cosas con una copa de alcohol, había sucedido demasiado para disimular.
El agotamiento se entremezclaba con la angustia y la furia que contenía interiormente, claro está no podías entenderlo, estabas mas allá de todo aquello que me estaba sucediendo, intentabas entender y de hecho sabías que algo ese día saldría a la luz. Pero sé, no era tu intención que eso sucediera, los años, las cosas vividas, quién sabe, que ocurría contigo en ese momento.
Día tras día percibía la situación, era claro: vos no te dabas cuenta.
Esa tarde soleada de otoño, llegue del trabajo recordando el encuentro que casualmente tuve con mi amiga Melisa, en el subte del sur, nos reconocimos inmediatamente amen de los años que pasamos sin vernos. Eso dejó un toque de sensibilidad en mi día, y registre con tristeza, cuánto había cambiado… dejé de reír… de peinar sensualmente mi cabello… la furia y el enojo se apoderaban agónicamente de mis días, que transcurrían en un tono gris, sin sabor ni verdad.
Recordé, cuantas veces decidimos encontrarnos a la mitad de la tarde a compartir caminatas colmadas de luz, charlas ardientes y cuestiones importantes que acompañaban nuestra vida.
También recordé el día que lo supe….
Que dolor…. No era a mi a la que le sucedía semejante cosa, quería borrar de mis pupilas esa imagen, no podía, apretaba mis ojos, el corazón comprimido, mi estómago convulsionado por el dolor, era insoportable.
Lloré, lloré, lloré, hasta que mi cuerpo se secó, mi alma se despedazó, no había consuelo, en soledad total duelaba cada día, no tenía coraje para comenzar.
Pero por alguna razón negaba, cruelmente.
Así pasaron cinco años… Esa noche cociné tu receta preferida al irnos a dormir, nuestra complicidad intacta nos cautivó, dejando en nuestro lecho el tormento más terrible respirando de a tres, no queriendo perder y sabiendo a la vez que debía suceder.
Jamás imaginé que una copa de ron lo podía resolver. Calibrando el placer, de poder despojar, el dolor de mi piel.
Leila Guzmán
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