ÉL
Él trató de patear la latita al caminar mientras no lograba hacerlo con sus ideas.
La brisa del lloviznar penetraba frío proponiendo un romanticismo que nunca había tenido; pero era una tarde gris y de gris estaba su vida.
No entendió que ella se negara prolijamente.
Nunca había interrogado su postura ante las mujeres, y en general todas lo dejaban mandar. Lo sorprendió esta verdad a medias, pues también lo mandaban a él.
Era preciso verla, hablarle, explicarle... aunque sus pies lo arrastraban a su casa y a su noble estructura y no iba a torcer dirección.
Perdía mucho, le dolía. Aunque soportar cambiar rutinas y depender del amor de otro lo aterraba. “Jamás me enamoré”, le confesó la primera cita.
Supuso que eso lo hacía quedar imposible y que ella lucharía por reformarlo y atraerlo así.
Ante su conducta definida y exasperante de consenso de amor, se encontró mareado y confuso. Alterado y perdido. Más que en este caminar. Sucedía un mundo dado vuelta que lo ponía de cabeza con lo armado...
¿Y qué había armado? ¿Qué quería en realidad?
Sabía que algo no estaba bien, era igual que el terror a subir al avión. No podía.
Y se perdió ir a Europa. Y se quedó en la tierra segura y llena de controles asumidos.
Justo cuando lo comprendió, se le escapó la latita por una alcantarilla... lo lamentaba... no iba a recuperarla ya.
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