lunes, 22 de agosto de 2011

COMPAÑERA
En la península donde el viento seco del sur quitaba hasta la vergüenza, me jugué y te declaré mi amor.
Una lluvia de las que dan miedo tronó durante todo el rato y el café que no bebíamos sirvió de primer trago. Brindamos y para mi sorpresa, me arrebataste un beso ante toda la gente...
Creí que me mirabas pero nunca imaginé que tu respuesta llegaría de manera inmediata. No sé mentir... te vi y fui pura ansiosa y vibrante. La mesita de aquella posada en la que desayunabas hambrienta, se adornaba de tu maraña roja que enmarcaba tu cara y la risa repicaba segura cuando aquél señor, te servía complacido.
Hubo un toque, una electricidad, una disposición llameante que vigorizó mi entrega. Enamorarme no estaba en mis planes, pareciera que ignoraba que eso no se planifica.
Me convidaste tus medialunas, las de grasa no te gustan... sólo las dulces. Acepté gustosa y empezamos a hablar.
Mariposa desolada de colores y raros gustos, nos hicimos íntimas en tres horas de parloteo.
Hasta allí yo había creído que era una señora normal, así dicen algunos. Mis cincuenta años no me habían mostrado inclinaciones deseantes por una mujer. Vos eras más joven, se notaba, por lo menos diez.
Tan canchera, tan abierta, tan graciosa. Yo tan parca, sin embargo fui directo a conocer tus experiencias. Hablamos tanto que se dio de hacer una caminata y me concentré en no fallarte, pues siempre fui vaga.
Tu presencia deportiva era escasa, así que reíamos cuando luego de cuarenta minutos nos acodamos en un barcito a tomar una cerveza negra con papas fritas de verdad, pediste vos.
Compañera, cuántos sueños, cuánta historia, cuánto amarte...
Parece increíble tu ausencia de hoy. Tu salud impecable jugó una mala pasada y no puedo creer aún, tu lado de la cama vacía, las flores que te añoran en proceso de nutrición y cuidado, la mirada de los demás que me ven cómo puedo y trato; pero te extraño tanto que es una puntada clavada que no consigo morigerar... ni quiero, al menos te tengo algo, no sólo en nuestras cosas.
Qué suerte que te animaste aquella vez, me repetías, me ahorraste parecer desesperada, y carcajeabas...
Hay personas que más que quemar: arden... y vos fuiste una.

No hay comentarios:

Publicar un comentario