ANGURRIA CARNÍVORA
"- Transo.
Dijo la señora, mientras le vendían el corte de carne más económico y nutritivo.
Una renuncia incierta de gusto, pero el placer inmediato pasó a segundo plano,
cuando la supervivencia del bolsillo solucionó la del placer sostenido en el
tiempo de cocinar el ritual del domingo.
Entraña denodada, vaciado el hábito del pedazo de primera. Rápida y lúcida, se agiornó ante la voz del hombre.
Lo que no vimos, lo que no sabíamos, lo que no se blanqueó fue el guiño cómplice del código secreto.
Una renuncia incierta de gusto, pero el placer inmediato pasó a segundo plano,
cuando la supervivencia del bolsillo solucionó la del placer sostenido en el
tiempo de cocinar el ritual del domingo.
Entraña denodada, vaciado el hábito del pedazo de primera. Rápida y lúcida, se agiornó ante la voz del hombre.
Lo que no vimos, lo que no sabíamos, lo que no se blanqueó fue el guiño cómplice del código secreto.
- Pase a buscarlo por la tarde, antes de la apertura, ofreció el carnicero.
Sospechar que había algo para ocultar, hubiera sido incorrecto. Ellos eran
compadres, de esos lazos de la infancia, en los pueblos; cuasi sangrientos de
acuerdo familiar. En el barrio eso no se cuenta.
Aunque se vivencie.
Aunque la chusma erotice la alcahuetería amarilla, y sea una orgía grupal
confesa a plena luz del día.
Por eso, cuando erguida y de batón gastado salió con la bolsa llena, (y de un
rojo sangre vigorizante en mejillas y muslos), no fue raro entender lo que vino
después.
La carnicera, asistente de caja permanente y esposa, con cerebro frío y cálculo
exacto, esperó la noche y en medio del acto amatorio sabatino, arrancó el
miembro de su marido, conocido por ellos y ellas como de una medida similar a
las achuras seductoras y picantes que se sirven a la espera de la buena mesa.
Guardó en una caja refrigerada y llevó ella misma hasta el portal de la comadre, cuyo horror quitó el habla de la lengua que antes habría utilizado; esto sí se sospecha con razón, en la cama de la furiosa fulana.
compadres, de esos lazos de la infancia, en los pueblos; cuasi sangrientos de
acuerdo familiar. En el barrio eso no se cuenta.
Aunque se vivencie.
Aunque la chusma erotice la alcahuetería amarilla, y sea una orgía grupal
confesa a plena luz del día.
Por eso, cuando erguida y de batón gastado salió con la bolsa llena, (y de un
rojo sangre vigorizante en mejillas y muslos), no fue raro entender lo que vino
después.
La carnicera, asistente de caja permanente y esposa, con cerebro frío y cálculo
exacto, esperó la noche y en medio del acto amatorio sabatino, arrancó el
miembro de su marido, conocido por ellos y ellas como de una medida similar a
las achuras seductoras y picantes que se sirven a la espera de la buena mesa.
Guardó en una caja refrigerada y llevó ella misma hasta el portal de la comadre, cuyo horror quitó el habla de la lengua que antes habría utilizado; esto sí se sospecha con razón, en la cama de la furiosa fulana.
-Porque yo no transo.
Y se fue silbando la canción de un ciclo televisivo que
gustaba de seguir anhelante sobre crímenes pasionales, especialmente perpetrados en nombre del amor.
gustaba de seguir anhelante sobre crímenes pasionales, especialmente perpetrados en nombre del amor.
-Bastante- justificaban las patronas durante el velorio del innombrable- que
ella era vegetariana y tenía que vivir rodeada de esas cosas..."
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