sábado, 29 de octubre de 2011

Derecho a enamorarse...

Cómo saber cuando viene un tren de frente o el amor verdadero, se preguntó. La vida lo había puesto en condiciones hostiles y sin poder maniobrar de pronto el naufragio del Titanic, era un poroto al lado de sus pocas gracias.
No le gustaba el gentío, no era una noche especialmente para disponerse al jazz. Más vale una buena cama en su no-colchón y la compañía de esa soledad que a veces lastima y otras intima con uno sabiendo donde abrazar. Callada. Sin lamentos. Sin feminidad válida, hoy descansaba del reclamo.
Su amigo que lo conoce bien, insistió con quebrarle el proyecto melancólico y lo llevó de parranda a un lugarcito que resultó vistoso. El ambiente tranquilo, hasta podía no prestar atención y hacer que escuchaba. Eso estaba muy bien.
Tenía nada de batería en el celular, igual que en el alma... el jazz no entraba ni las luces ardían ni el vino sabía a algo que no fuera la nada... cuando de pronto y en medio de la cena, LA vio ir y venir y su andar no era común... y las cosas se movieron de lugar.
Indescriptible saber si el salón se había movido, si él estaba borracho... aunque era medido. O si ella tenía algún poder... sus amigos no parecían afectados. Respiró y esperó.
Cuando el mareo ya cedía, la cantante la hizo pasar al escenario. Era ella, la Morocha del "Gracias", dicho con voz suave y precisa en medio de la noche y el pucho. La del estilo sin ley. La del pelo que imaginó entre sus dedos. La de las piernas entre las suyas, fantaseaba apurado y sin control.
Como su don de gente era archiconocido, se quedó en el molde o sin molde, sintió.
Logró rastrear al otro día datos para la conquista, de pronto estaba enérgico esgrimiendo la pluma, la voz, la metáfora.
Y la historia sigue... sólo que no la cuentan y la reservan celosamente para ellos dos...
Se chusmea entre los de la barra que a partir de este pequeño gran milagro ahora en dicho show se vende entrada con derecho a enamorarse...

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