Daba la vuelta por la plaza y se metió en el cine de improviso, no pudo dejar de pensar sobre la mujer del domingo.
La citaba su mente y la película se entrecruzaba con sus inquietudes. No supo porqué, pero quería volver a verla inmediatamente.
El resto del día lo dedicó a planear la estrategia. Los amigos le dirían que se enamoraba muy rápido, que se movía por una mina sin saber si valdría la pena. No era la primera vez que lo hacía, allá a los veinte hubo un metejón único.
Ahora con veinte más y alguna que otra razón machucada se permitía correr otra vez hacia la vida con una hermosa y elegida compañera. Ni soñó con querer funcionar en pareja, pero lo sorprendió esa mirada pusilánime y la flacura refinada de esa morocha nada vulgar.
¿Cómo seducir?
Apenas su nombre, apenas su perfume.
La voz le había manifestado un encanto, y eso para él contaba como un si y no se autodiscutía.
Llegó al camastro desordenado y al escritorio impresentable de su rincón en el mundo, la computadora se abrió y él creyó que iba a escribir un cuento, como tantos. Como ninguno.
Nada.
Se durmió desencontrado de sensaciones vivas. En la profundidad del nocturno existir, lo arrebató una intensa idea que lo sacó del sueño.
Escribió sin conciencia. Aunque nunca había pasado esto de que su alma de escritor lo auxiliara.
Por la mañana, café en mano, un mensaje privado en FB... o lo que luego se mostró como una carta de amor, el cortejo de un romántico que así comenzó.
Hoy es "su" mujer.Y se ríen de que su ser sonámbulo inició la cosa.
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