No había encontrado otra explicación que la desilusión encendida en una palabra injusta.
Toda la vida esperando algo así, para que desapareciera, para que huyera en sus narices entopizadas y lucrantes de deseos inexpertos.
Había elegido mal, y había que pagar lo que parecía venido del cielo. Nada de lo celestial podía ser cierto, se recordó en la capilla de niño, afiebrado de rezos y broncas endemoniadas.
Volvió a ese día. Karma atrapado y tenaz.
Casi sin decirse ni tocarse, ella lo marcó a fuego.
Y se refugió en la noche, y no le dió nada de lo añorado.
Se salvaron de todo.
Así no hubo lamento. Ni culpas. Ni extrañarse. Ni amor. No existió el amor, ni el perdón consecuente ni la culpa caliente como pan diario recién horneado, al amanecer.
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