lunes, 9 de enero de 2012

El viejo mira como en una película de Favio al horizonte tenaz de las preguntas que en su fuero interno no aceptan contestación, o al menos la que lo conformaría; pienso. Así lo recuerdo e imagino cuando viajo lejos y lo extraño.
Hace un movimiento cansino y desilusionado con la cabeza y se entrega al dominio de mi madre, que he interpretado por años como capricho y hoy veo que no es más que un juego que tienen desde el inicio; incluso antes de mi venida.
Mamá se llena de bronca ante lo que llama el "sin registro" de las distracciones que él no hace por descuidado, sino por creerse sobreviviente en una guerra donde el otro lo dejó solo tempranamente y se quedó en el frente de batalla como estrategia para que no lo pesquen confiado nuevamente.
Ella cuida sus infelicidades constantes, insolitamente convencida de que lo contendrá algún día.
Él, no se anima a contrariarla porque estima lo mismo en su ser cabulero y negador.
Lo mira dormirse en la mesa mientras trabaja, la ve hecha una planta carnívora cuando lo quisiera devorar ante las mil cosas rotas que durante estos años ha cedido de su estético mundo, tan frágil como necesario.
Cuando era un niño, y aún no había vivenciado la dramática singular de toda pareja, me parecía que en sus vaivenes habría un desborde que antes o después los haría trastabillar. Mis hermanas, ya adultas, sonreían divertidas  y me aseguraban la paz.
Ahora, que los veo grandes, hechos, vivos como pocos; entiendo que la vida los premió con una pasión que lejos de ser sosegante acumulaba mieles y desazones en igual cantidad. El mayor infortunio fue el mejor sostén.
Ambos tratando de llegar más allá, increpando este más acá.
Sin darse cuenta, han creado una fuente irresistible de juventud y entrega en la que es habitual verlos esconderse a cualquier hora en la habitación, que mi madre aún denomina pieza y esto envenena y asquea a mi padre al tiempo que parece azuzar su gusto por amarla.
Toda la vida ella se iba, él la frenaba. Toda la vida, él escenificaba su pequeña obra... y ella, perenne y creída lo aplaudía en forma de disputa enojosa.
Se valoraron mutuamente los aciertos, las intelectuales ideas, literatos a medias entre la universidad y la calle.
Fuerte él, valiente ella.
Blando él, inaccesible a veces.
Tonta ella en su antojo algo inflexible, temerosa de su docilidad mal aprendida al amar.
Se casaron, "como Dios manda", decía mi papá. Cosa que incluía la iglesia, el firmar, la ceremonia. Madre hubiera podido vivir sólo con el vestido y el sushi que a él lo hacía vomitar, por pescado crudo 8increíbel el tipo que se deja cagar así, promovía enfurecido mientras ella era la que movía la cabeza negando le parodia.
Protestón. Dulce. Loco y bromista.
Calentona. Servíl. Apegada y esquiva.
Si ella cosiera...
Si él arreglara enchufes...
Cítrico, y cremosa al tomar helado.
Calmos, cómodos, laburantes y responsables sin moderación concebida.
Prontos para el beso, el abrazo, el calor familiar, la risa...
Ojalá, me confieso, me enamore como los viejos... Ojalá, che.

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