Pido disculpas,
por algunas cosas que no cambiaría pero hicieron daño.
Por otras que no hice, y ahora guardo en el principio de mi debe.
Por aquella palabra dañina sin intención, y alguna vez sí, adrede.
Por el egoísmo y la falta de posible presencia.
Por la debilidad, la inocencia permisiva.
Por la vista de ciertas miserias,
y el coraje de mostrarlas aún sin reservas.
Por la temperatura helada de mis brazos ante la gravedad del odio,
muerta la caricia y la sombra.
Indiferencia toda.
Por mi tosudez.
Por mi exigencia tenaz y absurda.
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